Elotes
Decidieron salir temprano, con
la niebla abrazando los cerros y con la noche todavía protagonista. Marco
Antonio se levantó a las 4:30 de la mañana; se echó un pan, se puso las botas y
tomó a escondidas uno de los chales de su abuelita. Abrió la puerta de madera
muy quedito para no despertar a nadie, un mal movimiento la haría rechinar con
la fuerza necesaria para despertar a las cinco casas en parcial obra negra que
estaban a la redonda; daba pasos muy suaves hasta que logró salir sin ninguna
falla. Se sentía igual de orgulloso por ser tan buen escurridizo que nervioso
por la empresa que iba a montar esa fría, fría mañana.
Ya afuera, con los pies en el
pasto, suspiró y vio el volcán, lejano y lleno de nieve y gente, ambos
elementos igual de blancos. Escuchó los pájaros y observó con una mezcla de
curiosidad y asco cómo un perro degollaba a una gallina ajuera del portón. Cada
que exhalaba le salía de ese vapor que sale cuando está hirviendo el café. Se
ponía las manos en la nariz para recuperar un poco de ese calor perdido. Ya
eran cuarto para las cinco, así que había que moverse.
Empezó la marcha sin mucha
prisa, por cada cuatro pasos Marco Antonio daba un largo bostezo que dejaba ver
todas sus imperfecciones dentales y su falta de cuidado a esa parte de su cuerpo,
abría su boca hasta donde su quijada le permitía y la volvía a cerrar, con los
ojos hinchados y llorosos. Su cabeza empezaba a recibir el empuje que le debía
ese pedazo de pan mordido que había comido, y gracias a eso empezó a pensar.
Empezó a recibir una preocupación, un pequeño malestar que le soltaba el futuro
de ese día, en la tarde de ese domingo podía volver con las manos llenas de oro
o podía volver lleno de mordidas de perro y con marcas de piedras en todo el cuerpo.
Su corazón le empezaba a latir más rápido de lo normal, le empezaba a
transpirar cualquier parte de su cuerpo que se dejaba y le dio mucha comezón en
el pecho. Seguía caminando, él se veía normal para la calle de pavimento que lo
veía andar, pero por dentro estaba teniendo un retorcijón que no había
necesidad de mostrar al mundo. Cuando menos se dio cuenta, había llegado. El
José Luis dijo:
- ¡Ya llegó la pinche Marca
Antonia!
Marco Antonio soltó una risa
nerviosa y lo saludó con el brazo tembloroso. Les chocó las manos a las otras
dos gentes que acompletaban la empresa y José Luis les comentó:
- Amonos
wey, todavía es buena hora.
- ¿No
es muy tarde ya? — dijo una de las gentes que no eran Marco Antonio.
- No,
pendejo, esos pinches viejos se despiertan hasta que ya acabó la misa. Tenemos
mínimo tres horas.
Miraron desde lejos el cerro al que iban a subir, lo apreciaron, como cuando un ladrón ve a distancia el banco al que va a hacer su “chamba”. Después se embarcaron, juntos pero separados empezaron a caminar, empinaban su peso hacia delante para hacer más llevadera la subida. El camino hacia arriba era pura tierra arenosa, de esa que el viento se lleva fácil, de esa que cuando te entra en los ojos te los deja bien rojos. Marco Antonio era un mocoso flaco y con las costillas bien marcadas en el torso, después de unos minutos ya tenía la frente llena de sudor salado y ya estaba esperando el momento para sentarse y descansar un rato—cosa que nunca se cumplió en todo el trayecto.
La arena y el cemento eran sus acompañantes de ese día, los veían pasar, los observaban, los juzgaban. Los castillos de alambre sin colar se les quedaban viendo, los chalanes que andaban rondando por ahí, sabían a qué iban y se sentían orgullosos de no ser de esos, de pertenecer a los trabajadores y no a esos otros que namás se aprovechan. Pasaron por tienditas con la fachada pintada de alguna marca de refresco de cola, junto a señoras de avanzada edad vendiendo Mazapanes para poder seguir viviendo, junto a pasto creciendo donde no debía y junto a un par de gallinas muertas llenas de moscas y hormigas. Aplastaban cualquier insecto que encontraban, porque ¿Qué les quedaba? ¿Qué otra cosa tenían para demostrar alguna clase de poder? Alguna clase de autoridad sobre algo. Ellos sabían que lo único para lo que eran buenos era para hacer una pendejada tan banal, un crimen tan sencillo que cualquier pinche teporocho podría hacer, entonces ¿Qué les quedaba? Por eso iban callados, por eso caminaban con la cara pegada al piso, con la vergüenza de solamente ser virtuosos en arrancar una puta mazorca de un maíz. Se cruzaron con otro animal muerto en la tierra, Marco Antonio lo vio, se quedó ahí nomás viéndolo sin hacer nada, los demás siguieron caminando y lo dejaron atrasado. Marco Antonio se dio cuenta de que traía una agujeta desamarrada y se la amarró; se quitó su chal por el calor, lo dejó colgado en un árbol debido a que le iba a estorbar si lo seguía cargando, antes de partir, se persignó rogando que no se lo fueran a volar. Empezó a correr para alcanzar a los otros cuatro, cuando los encontró estaban parados en la entrada: era un pedregal hermoso lleno de agua que lo hacía brillar, el pedregal daba a dos caminos, a la milpa y a una puerta de fierro de 4 metros de altura, una puerta muy bonita que tenía una leyenda en una placa de fierro dorado. “Residencial Flores” decía, y la bella puerta estaba acompañada por ambos lados de un muro de adobe igual de alto, adobe muy bien cuidado y sin pasto metido donde no se debía meter, no había hormigas ni gallinas muertas, ningún pedazo de vidrio de botella rota en lo alto de los muros, ningún olor a mierda de borrego. Macetas pintadas y bien cuidadas decoraban esa entrada. Después de observarla, como era costumbre cada que visitaban ese pedregal, se fueron al camino de la milpa, también tenía un anuncio que decía “No pasar”. Saltaron el alambre de púas muy fácilmente e hicieron lo que mejor sabían hacer: se echaron todos los que pudieron en sus bolsas de plástico, los que cabían en sus propios bolsillos, adentro de la ropa; de la camisa y de los pantalones.
Ese día no estaban los perros así que todo estaba
muy tranquilo, solo se escuchaba el viento moviendo hacia un lado a toda la
milpa, juntita y en armonía. Marco Antonio vio el volcán y se secó la frente
sudada, ya tenía el oro en sus manos. Los señores Flores seguían dormidos e iba
a regresar sin ninguna mordida de perro. Un día se despertaría y ya no tendría
que robar elotes, se levantaría de la cama y organizaría sus propias elotizas
para todo el pueblo, para todos los vecinos, para toda viejita que tenga que
vender mazapanes para seguir viviendo. Un día tendría algo más con qué
negociar, un día ya no se tendrá que apachurrar por saber que lo único que le
enseñaron a hacer es robar elotes. Verá la milpa desde un balcón, con los
patrones muertos, enterrados 6 metros bajo tierra, abrazando a su mujer
mientras la criada trapea el piso de ajedrez. Mirará el volcán, exhalará
tranquilo: satisfecho.
Pero mientras, tiene que regresar a limpiar la gallina muerta que está afuera de su portón.

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