Huevo en microondas
6 años. Iztapalapa. Distrito Federal. Pasaba la crisis del 2008 y su papá era taxista y su madre, en la oficina, era capaz de juntar lo necesario para aguantarla. Él tenía el ojo puesto en una sola cosa:
Ese objeto era su Zahir en el sentido borgiano (palabra no inventada). Me explico: sus noches constaban en soñarse jugando con el cochecito; sus mañanas, de prender la tele lo más pronto posible para poder alcanzar a ver uno de los comerciales que anunciaban el preciado pedazo de plástico; y todo el día restante podía vérsele al chamaco insistiéndole a sus padres acerca de la posibilidad de adquirir el coche. "Ahorita no, hijito"—repetían— "Después, después"—era lo que él escuchaba una y otra vez durante todo un bimestre.
Parecería una locura para una persona mayor como tú o como yo el hecho de pasar dos meses dedicando la totalidad de tu tiempo haciendo culto a un objeto que—spoilers—nunca tendrás. Si ese muchacho no tenía suerte en el futuro, si no se prestaba atención a sí mismo, iba a terminar con un bodoque en los brazos solo para poder complacerle los deseos que sus padres no le pudieron complacer a él. Pero ya me estoy yendo por las ramas, lo que nos reúne aquí, hoy, es la historia de cómo nuestro querido amigo pudo quitar la atención de ese imaginario momento en el que se encontraba cara a cara con la caja de cartón con pedazos de plástico transparentes que dejaban asomarse al automóvil, además de ese pequeño orificio dónde podías meter tu dedo, oprimir un botón y empezar a hacer uso de las pilas del juguete para deleitarte con ese juego sorprendente de lucecitas y sonidos. Esa fantasía que no se le salía de la cabeza tenía que ser parada por un suceso extraordinario, él era uno de los necios, de los obstinados.
La fecha fue el 15 de julio del 2009, el ritual fue el
habitual al de los 61 días anteriores. El sueño fue casi el mismo y se despertó
para prender la tele, se enredó una cobija alrededor de él tomando como pilares
sus hombros y se preparó mentalmente para el encuentro con el comercial, ya lo
estaba saboreando. Sus papás no estaban ni en la cama, ni dando vueltas por la
casa, ni bañándose para irse a chambear, como de costumbre; no había ruido
alguno además del de la caja gris. Notó la falta de desorden sonoro, pero lo
ignoró.
Yo lo conozco muy bien, yo sé de él más que él mismo, y si soy sincero, él nunca había notado de verdad la existencia de esos dos. Nunca había pasado ningún momento sin aquellos dos en mucho tiempo, le daba pavor separarse de ambos, aunque ni siquiera reconocía en ellos una persona aún. Tenía 6 años, ¿Qué podías esperar de él exactamente? La vida hedonista era el único propósito que parecía perseguir, la novedad era su objeto de estudio por excelencia, nada más.
Permaneció en la cama, viendo la tele durante un par de
horas, esperando. Pasaban más horas y el seguía esperando. Finalmente, su
condición de mortal que depende del alimento para sobrevivir lo despertó del
trance (que para el no era trance). Comida. Comida. "¿Por qué no he sido
alimentado aún?" Me imagino pensaba, aunque no con esa clase de lenguaje.
Se paró, dio las primeras pisadas fuera de la cama y desesperado se dirigió a
la mesa, que estaba muy cerca de la cama, a buscar lo que sea que se pudiese
meter a la boca. Para su suerte, no había nada, su hambre era tal que podía
haber devorado un clavo si lo encontraba posado en la mesa. Empezó a mirar
hacia todos lados, buscando una respuesta en cualquier punto de la casa, hasta
que, encima del coladero donde ponen los trastes, se encontraba una tabla de
madera sosteniendo un toper con 6 huevos. Sabía que se comían. Sabía que había
que reventarlos. Sabía que el fuego tenía algo que ver en el asunto. Pero también
recordaba eso que sus papás le repetían hasta el hartazgo: <<no te
acerques a la estufa, no la toques, no le muevas nada>>. O algo así. Ni
siquiera sabía por qué, y estuvo considerando la posibilidad de hacer uso de la
estufa, pero ni siquiera sabía cómo. El estar separado de los señores ya le
estaba afectando, el mareo se hacía cada vez más grande gracias al hambre.
Sentía que los ojos, al igual que sus posibilidades de ver el carrito en
persona y a cualquier otro juguete, se les cerraban. Antes de caer al suelo,
sus ojos pudieron apuntar a ese pequeño microondas que les remataron a 300
pesos en el tianguis. Le faltaban la mitad de los botones y la comida que
emanaba de ahí salía aún más fría que cuando la metías.
Pero, moribundo, dijo:
- A la chingada
Y tomó los huevos y los reventó con el puño encima de un
plato y lo metió al microondas y lo conectó y presionó el botón. Fueron
probablemente los 110 segundos más largos de su vida. Al salir, el huevo echaba
vapor de lo caliente que estaba, un milagro debió de haber hecho que el
microondas funcionara de tal manera esa tarde. Como un perro metió su hocico en
el plato y de dos bocados terminó los 6 huevos.
Justo en el momento en el que se enderezó en el piso para
descansar y celebrar su victoria y la derrota de ese inminente desmayo, se
abrió la puerta. Más emocionado que nunca en esos cortos 6 años se acercó a su
mamá lleno de alegría solo por el hecho de verla, estaba corriendo como nunca
había corrido, y estaba llorando casi de la emoción por poder ver los ojos de
sus padres, oler sus perfumes baratos y simplemente disfrutar de su estancia
con ellos. Cuando al fin se encontró con quién había abierto la puerta, se encontró con su
padre, quien lo abrazó y, en lágrimas, le contó la historia de ese pendejo que le
metió un puñal a su mamá en la terminal.
Ese día él dijo su primera grosería y se hizo de comer por
primera vez. Ese día se reconoció a él en alguien más. Vio a su papá llorando y
se vio a él mismo llorando. Vio a su papá solo en la cama y se vio a él mismo.
Para E. e I.
-nalA

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