Lo que hay debajo de los cerros - una historia sobre drogas psicoactivas y turismo rural.




Caminé y caminé. Kilómetros y kilómetros. Cada vez el sol pegaba más y cada vez la tierra le empezaba a ganar más la batalla al asfalto. Cuando me encontré con Sergio, nos dimos la mano, me abrazó y le olí su hombro derecho a través de su chamarra sucia, gris e inundada en polvo. Se alegró mucho cuando me vio. Sus arrugas se juntaron toditas alrededor de sus pequeños y rasgados ojos, unos ojos que cargaban bolsas rellenas de tiempo, bolsas que desbordaban experiencia y vejez. Sus mejillas reflejaron la luz del sol sobre mis retinas y me dejaron ciego. Me conmovió un poco la actitud que demostró por nuestro encuentro. Soltó una pequeña y débil risa y me dijo suavemente:

         Milagro que te dejas ver, pinche (aquí dijo mi nombre).

Después me preguntó que cómo estaba, luego yo le pregunté lo mismo, hablamos del clima, de los hijos y la escuela; de nuestros padres y sus vicios, de los suyos y los míos.

Me llevó en su bici por todas las calles del pueblo. Recorrimos todas las venas, arterias y capilares de ese organismo en decadencia y me contaba una historia por cada rostro, un cuento por cada esquina y una jornada por cada casa que superaría por cantidades ridículas a cualquier guía turístico de un pueblo mágico genérico.

Cuando terminamos de pasarle revista a cada rincón del lugar, prometió llevarme a un punto especial. Empezó a pedalear con más fuerza de la normal y nos enfrentamos ante la frontera invisible que es el aire, y empujó todos los pelos de nuestro cráneo hacia atrás, y penetró en nuestros ojos hasta sacarnos pequeñas lágrimas que el atardecer observó gozoso. Me paré en las patas traseras de la bici, entonces las casas desaparecieron del paisaje y lo único que quedaba del mundo era una pintura exquisita de nubes y un juego precioso de colores azules, rosas y naranjas que incluso potenciaban las perecederas lágrimas; mientras abajo, en el pasto enredado y seco descansaban los borregos, los becerros sueltos y amarrados con perros sucios que los cuidaban. Él empezó a pedalear mucho mucho muy fuerte y reparé en que empezamos a subir una pendiente. Sergio me llevó al cerro.

Nos sentamos en el pasto.

    ¿Te has preguntado qué hay debajo de los cerros? ─me dijo Sergio.

    No ─le contesté fríamente.

Apartó su mirada de mis ojos y contempló el atardecer, como si empezara a meditar delicadamente en las palabras que saldrían de su boca a continuación:

    Aquí abajo no hay nada, pero está todo. Está hueco, pero contiene los sueños de toda la humanidad.

    No sabía que hablabas así, Sergio─ le dije.

Se volvió hacia mí y me dijo, seriamente:

   Abajo de los cerros hay un líquido morado y escaso que nadie ha querido sacar. Aquí, abajo de nosotros, justo debajo de nuestros pies y de nuestras cabezas, y nadie lo quiere excavar, nadie lo quiere explorar y prefieren una instantánea borrosa que puedan recordar cuando estén en la miseria, cuando el mundo los arroje al vacío y ya no sientan nada, mirarán preocupados al cerro e intentarán revivir todo; pero, tontos, olvidarán lo más esencial, olvidarán esta solución púrpura y divina.

Cuando bromeé con él diciéndole que me compartiera de esa con la que se puso bien pacheco, me pegó en el hombro y me arrebató su mirada nuevamente. Se enojó un poco y se puso de pie rápidamente. Yo volví a ver el cielo. Intenté recordar si en algún momento Sergio me había otorgado alguna señal de estar un poco loco; no había ninguna.

    ─No te entiendo.

   ─Yo esperaba que lo hicieras─ respondió Sergio, exhalando─, olvidaba que eras un hombre de experiencia, un hombre empírico.

Entonces Sergio levantó un arbusto que se encontraba cerca de nuestra posición, sacó una vieja pala de allí y empezó a cavar. Se pasó la tarde entera cavando un hoyo de unos seis metros, y no encontró nada. Se pasó la noche y la madrugada completa succionando tierra del cerro, y no encontró nada. Llegó el alba, y no encontró nada. Yo estuve despierto con él toda la noche. No hablamos. No nos miramos. Lo único que hice en esas horas fue acariciar la tierra y dejar que el aire sedujera mis pómulos. Cuando a eso de las ocho me encontraba dispuesto a marcharme, él me detuvo:

    ─Ándale, ten, pues─ Y me dio un vaso de unicel que contenía dentro una cantidad insignificante de disolución morada, morado pastel, morado mate y ligeramente espeso.

    ─ ¿Y me lo tomo, o qué? ─ le pregunté.

   Haz lo que quieras con él. Me tengo que ir. Me dio mucho gusto verte después de tantos años, (aquí dijo otra vez mi nombre) ─ entonces me abrazó firme y duramente como si no nos fuéramos a encontrar en otros 23 años. Y se fue.

Yo hice lo que quise con ese fluido. Y los cerros se elevaron, se desprendieron del planeta y sus raíces crujieron con una fuerza inconcebible, flotaban por los cielos en un cuadro surreal hasta que decidieron caer de donde vinieron y escarbaron su camino hasta el centro de gravedad de la tierra. Los pájaros gritaban y me hablaban. Me contaron sus mayores miedos y angustias. Los perros también se hicieron parte del cielo y movían sus patitas en un baile que buscaba el suelo con desesperación. Todo lo que escuchaba eran pequeñas pistas del universo que se manifestaba en el poder de la altura. Entonces finalmente lo pude ver: pude ver al primo aprendiendo a manejar en la milpa, fui testigo de la radio que nunca suena, del aire que nunca vibra, del aire cansado que nunca suelta el olor a tierra, y a caca. Deslumbré el rumor de la caca acompañándome hasta mi almohada mientras el humo de los camiones desplazaba cada molécula de oxígeno hasta el inframundo, las arrojaba al suelo hasta dejar que las chupara el diablo. Vi un tortillero vacío. Vi los árboles amarillos que son amarillos desde que nacen. Me abrumé cuando fui testigo de la semilla que se arrodilla y abre los brazos anhelando a que la tierra sea su cómplice, pero que más bien la corroe. Y vi cada fotograma de la milpa durante todos los momentos de todos los años de todos los tiempos; la vi cuando formaba parte de un sol lejano, y la vi cuando era un río, y la vi cuando llovía sobre ella de manera constante y firme, y la vi cuando estaba seca y un señor a su lado lloraba mientras abrazaba a una mujer.

Repentinamente los cerros y el valle crecieron y florecieron de nuevo de la tierra. Cada pequeño insecto se posó sobre mi piel. Los pájaros dejaron de hablar y los perros corrieron todos juntos hacia el sol mientras sus colas se agitaban al ritmo del ronroneo de los cerros que posaron su luz en mis ojos y se fusionaron hasta con la última de mis neuronas. Los vi como nadie los ha visto. Luego vomité. Vomité un degradado de dos colores. Eructé y puse mi mirada de frente y subí los hombros y me sacudí las nalgas.

Le tomé una foto al cerro antes de irme a la terminal, y sigo sin entender qué hay debajo de ellos. 

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Intentos expresivos. Sueño digital y contrapeso a mi propia estupidez.

"Me cambiaron de celda. Desde ésta, cuando me tiendo, veo el cielo, nada más que el cielo. Todos los días transcurren mientras miro en su rostro el declinar de los colores que llevan del día a la noche." "Kinky, nasty y aunque sea fancy Se pone cranky si lo hago romantic Le gusta el sexo en exceso Y en el proceso me pide un beso". "Vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo."